La música poética del agua en Granada

La carta que Federico García Lorca escribe a su amigo Melchor Fernández Almagro a finales de julio o comienzos de agosto de 1922 deja ver lo que, sin exageración, podría llamarse una poética del agua. Naturalmente, la música tiene en esta poética una importancia decisiva. No se olvide que en octubre de 1926 escribirá al mismo destinatario que Granada no es pictórica sino poética y musical. En esta ocasión le confiesa que durante esos días veraniegos ha visto (en el sentido de concebido o vislumbrado) un libro admirable que aún está por hacer y que naturalmente él quisiera hacerlo. Su título: “Las meditaciones y alegorías del agua”. Y comenta: «¡Qué maravillas hondas y vivas se pueden decir del agua! El poema del agua que mi libro tiene se ha abierto dentro de mi alma. Veo un gran poema entre oriental y cristiano-europeo del agua: un poema donde se cante en amplios versos o en prosa muy rubato la vida apasionada y los martirios del agua». Son palabras que nos permiten ya hablar de una música del agua lorquiana. Lo confirman las palabras que siguen a las anteriores: «Una gran Vida del Agua, con análisis detenidísimos del círculo concéntrico, del reflejo, de la música borracha y sin mezcla de silencio que producen las corrientes. El río y las acequias se me han entrado».

Música borracha porque el agua se embriaga consigo misma, de sí misma, y embriaga a quien la escucha. Música que deja ver la vida apasionada y los martirios, el sufrimiento del agua, ya sea en la capital o en el campo, porque en esta idea trágica no hay diferencia. En la concepción lorquiana del agua y su música tiene mucho que ver la encrucijada de dos culturas que es Granada. Por eso el gran poema del agua que ve Federico es entre oriental y cristiano-europeo. Y por eso, tras bromear con Fernández Almagro diciéndole que el Guadalquivir o el Miño nacen en Fuente Miña y desembocan ahora en Federico García Lorca, «modesto soñador e hijo del agua», añade: «Yo quisiera que Dios me diera fuerzas y alegría bastantes, ¡oh, sí, alegría!, para escribir este libro que tan bien veo, este libro de devoción para los que viajan por el desierto. ¡Aunque me llamasen Seco de Lucena del Sahara!». Más allá de la referencia irónica al granadinismo costumbrista y arabizante de Seco de Lucena, autor de una guía de la ciudad, está clara la voluntad de entroncar con esa devoción por el agua de la cultura musulmana, de los que viajan por el desierto. Incluso precisa al amigo los capítulos y las estancias (habría prosa y verso) de los que constaría ese libro: «Los telares del agua. Mapa del agua. El vado de los sonidos. Meditación del manantial. El remanso». Pero también piensa ocuparse de lo que llama el agua muerta: «¡qué poema tan emocionante el de la Alhambra vista como el panteón del agua!».

Sabemos del entusiasmo transitorio que Lorca ponía en sus proyectos, muchos de ellos finalmente irrealizados, como ocurrió con este: «Creo que, si yo atacase de firme esto, podría hacer algo, y si yo fuese un gran poeta, lo que se llama un gran poeta, quizá me hallase ante mi gran poema». En efecto, para un gran poeta como Lorca el tema es lo de menos. Siempre importa mucho más la forma de acercarse a él. En este caso era, desde luego, un tema con grandes posibilidades y, sobre todo, con tradición.

Jardines del Generalife (Granada, 1924). De izquierda a derecha: Federico García Lorca, Zenobia Camprubí, Isabel García Lorca, Emilia Llanos, Juan Ramón Jiménez y Concha García Lorca.
Archivo Fundación Federico García Lorca. Consorcio Centro Federico García Lorca, Granada.

A la música del agua granadina le habían prestado oído Francisco Villaespesa y Manuel Machado desde el modernismo y lo hará en 1924 el Juan Ramón Jiménez que visita la ciudad y recorre lugares emblemáticos como la Alhambra y el Generalife acompañado precisamente por los Lorca. A Isabel, la hermana de Federico, la «hadilla del Generalife» a quien dedica su conocido romance titulado como el jardín árabe, Juan Ramón le escribe, ya desde Madrid, estas palabras: «La luz y el agua forman en mi fondo los laberintos más prodijiosos [sic] —cielos bajos, delirantes generalifes— y el sol me tiñe de una pena prodijiosa [sic], y el agua me suena como si fuera mi propia sangre. A veces, el ruido de esta agua sangre de ensueño es tal que me despierta acongojado, con el corazón hecho una torre». El moguereño acaricia la pena y la tristeza de la ciudad a partir de la música del agua: «Sí, la impresión de tu maravillosa Granada es en mí triste, tristísima, pero de una tristeza tan atraedora que me trae y me lleva como una aguja en ella. Pronto creo que me volverás a ver ahí y por más tiempo. Tengo que llenarme de Granada hasta la boca».

Además, en su visita a Granada Juan Ramón también se encuentra con Manuel de Falla en el Carmen de La Antequeruela, la casa del compositor, escribiendo a su esposa Zenobia, que ya había vuelto a Madrid, cómo «vino Falla, encantador como siempre, y anoche estuvo tocándonos hasta las dos, en un paisaje maravilloso». De este encuentro nace el retrato literario que publica Juan Ramón de Falla en Españoles de tres mundos (1942), donde señala cómo hasta el Carmen, «De noche suben los rumores de Granada: gritos de niños, campanas, balidos como estrellas menudas, medias coplas, lamentos ondulados; y las luces de la Vega van y vienen».

En resumen, puede decirse que la música del agua granadina se ha convertido hasta hoy en un tópico obligado para muchos poetas, donde el sonido de acequias, de fuentes tan emblemáticas como la del Avellano y del discurrir de los ríos de Granada es una constante.